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Agosto 2025- La Escultura del Silencio- Parte I: Ecos de la Soledad



Envuelta con gracia en una suave frazada de pueblo, la anciana mujer dio unos breves pasos dentro de la sala. Encontró sostén en una mesa y luego alzó su mirada. Reclamando identidad, una sombra, carente de brazos y piernas, flotaba erguida sobre la pared. Ella giró lentamente y se aproximó hacia los ventanales.

—Su alteza Bicho Canasto —murmuró con dulzura. Una pequeña abertura entre las persianas le servía de mirador. Era suficiente una rápida y fugaz observación para comprender su día.

La mujer se colocó lentes para la tarea. —Nuestro fresno rojo ha perdido sus hojas —se dijo con una aparente satisfacción. Las nubes de ayer cubrían hoy el vasto cielo de Villa Floresta. Beatriz, una vecina, atravesaba la plazoleta hacia la escuela de la hermana Margarita, con sus niñas de la mano. Emma sintió una punzada de nostalgia al ver la alegría en el rostro de las pequeñas. Recordó los días en que sus propios hijos iban por aquel camino, inocentes del tiempo y del mundo. Varias palomas abandonaron, espantadas, los negros tendidos de acero. Mientras tanto, el pino del jardín lindero mostraba sus profundos verdes.

Emma se dirigió a la cocina; la sombra cambió de tamaño. Su imagen ahora adornaba cada hueco de la vajilla. Regresó a la sala y ocupó un ángulo del sofá, procurando no agitar el aire que la circundaba. Bebía un té liviano, que no le satisfacía del todo. Hasta hace muy poco tiempo su querido esposo; que conocía sus gustos, sabía bien como preparar para ambos un rico desayuno. Sus dos hijos, representaban ahora su único anhelo.

—¡Tengo grandes desafíos cada día! —fue la confesión de Carlos en su última comunicación desde El Dorado. Alberto hacía las maletas y aguardaba con ansias una oportunidad para reunirse con su hermano. Al encender una lámpara contigua, un objeto brilló súbitamente: era la brújula de su padre. Portando historias, ella gobernaba entre pequeñas estatuillas de barro. Como el oleaje, los recuerdos de Emma llegaban de la mano de su Guardián de las Mareas: una función de cine en alguna sala porteña cercana al obelisco, las cenas, aunque marcadas por pocas palabras, eran un espacio lleno de sonrisas, y un trayecto de regreso a casa, colmado de abrazos.

Entonces, ocurría la magia: las luces de la calle iluminaban el rostro del marino, y la pequeña Emma zambullía su corazón en nuevos horizontes, como una exploradora en su propio Nautilus.

Unos sonidos desacompasados lograron apartar las escenas en su mente. Su vecino, Rodolfo, el escultor, regresaba de su habitual paseo matutino. El joven pretendía llegar hasta el primer piso.

—¡Este chico ha encontrado algo en la calle que ha superado sus fuerzas! —pensó Emma, elevando sus agrisadas cejas. Se oyó una corta exhalación. Emma se cubrió los oídos. El joven ingresó en su taller, y arrastraba una importante estructura metálica. El desentonado concierto solo fue interrumpido por el sonar de bisagras con herrumbre. Emma se encontraba inquieta, y para distraerse se procuró un tejido. Al poco rato, dejó a un costado su labor y, sin prisa, se incorporó. Había doce peldaños de distancia entre su casa y el taller del escultor.

Ese fin de semana tomó una decisión: le dedicaría una bienvenida a estos eventos, como si ellos fueran parte de la camaradería de un invierno que seguía complaciéndola con sus obras. Emma abrió la puerta. Al cruzar el umbral, sintió que cada paso la acercaba no solo a su vecino, sino también a un mundo de posibilidades que había estado oculto entre las sombras de su hogar. La luz del taller se dibujaba como un faro en la penumbra de su soledad, prometiendo conexiones que a su corazón le provocaban ansiedad. Con el bastón en una mano y la esperanza en la otra, dio el último paso hacia un nuevo capítulo, donde el arte y la amistad podrían conquistar el silencio que la había envuelto durante tanto tiempo.

Fin de la P I

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