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Septiembre 2025- La Escultura del Silencio- Parte II: La Forma del Silencio

La brisa estival trae el dulce perfume de la fruta madura. La tierra vive y le habla, susurrando secretos que solo ella puede entender. Los encarnizados ciruelos y el emparrado, cargado en exceso, le provocan, a un tiempo, asombro y congoja. Mientras, ecos de verdades eternas despiertan en su interior cosas que todavía no logra comprender del todo. El paisaje se convierte en un escenario vibrante donde el pasado y el presente comienzan a entrelazarse, y cada hoja que cae le inspira un relato, como un hilo delicado que se une a su propia existencia. Y en ese juego entre lo vivido y lo que aún tiene por explorar, la naturaleza la abraza, recordándole que siempre estará conectada a algo más grande. Un rayo de sol la acaricia y, en su mente, se desliza una idea. Con el corazón latiendo emocionado, planea una incursión al huertecillo de su abuela. Mitad india, mitad santa, está muy cerca de alcanzar su propósito: el de todos los niños.

Muy silenciosa, se aproxima a una de las ramas del ciruelo y extiende su pequeña mano. Sentía la tersura de la piel de ese fruto cercano y pleno. Sin embargo, antes de conseguir desprenderlo, su nombre, pronunciado en voz alta, la tomó por sorpresa.

—¡Emma, ven aquí ahora mismo! ¡Siéntate y termina con tu tarea! —dijo su madre desde el zaguán.

Emma se acercó, dudando. Atrás quedó la predestinada esfera, temblando con su promesa. Frente a la mirada de su madre, era sencillo ver zozobrar a la pequeña Emma.

—La vida es una serie de elecciones, Emma; no se trata solo de lo que dejas atrás, sino de lo que decides construir —intentó explicarle su madre aquel día.

Tomó un pequeño respiro. Llegó al taller, acompañada por las sonoras piruetas de una oscura mariposa que revoloteaba en el aire tibio alrededor de una lamparilla.

—¿Y si no se...? ¿Cómo construir algo nuevo? —se planteó. Rodolfo, soy Emma —y con fuerza agregó— ¡Tu vecina!

Hubo una breve mezcla sonora, luego de la cual Rodolfo, ataviado con un guardapolvo que casi llegaba a sus rodillas, se perfiló tras una puerta entreabierta. El escultor, sorprendido, la invitó a entrar. La primera vista del lugar la cautivó: herramientas esparcidas, obras en proceso, una mezcla de caos y creatividad.

—Hola, no esperaba una visita... ¿Te gusta lo que ves? —preguntó él.

—Es… es impresionante. Nunca pensé que el trabajo de alguien pudiera ser tan... visceral.

El escultor sonrió.

—Cada pieza cuenta una historia. ¿Te gustaría ver cómo se forma una de ellas?

Mientras el escultor trabaja, conversan sobre el arte.

—Rodolfo: A veces pienso que el arte es espejo de un ideal. ¿Crees que podemos realmente construir un mundo mejor?

—Emma: Quiero creerlo, pero a menudo me pregunto si esa utopía es solo un sueño. ¿No crees que todos tenemos una idea diferente de lo que sería “mejor”?

—Rodolfo: Exacto. Tal vez el verdadero desafío no es solo imaginar esa perfección, sino aceptar que la imperfección también tiene su belleza.

—Emma: Quizás el arte pueda ayudarnos a ver eso... los matices, el dolor y la alegría entrelazados. A veces me pregunto si el mundo será mejor solo si aprendemos a ver el sufrimiento de otra manera.

—Rodolfo: Así es. Tal vez la búsqueda de una utopía comienza al reconocer y dar voz a esas experiencias, por dolorosas que sean.

—Emma: Es un concepto profundamente humano. Creo que las esculturas pueden hacer justo eso, capturar esos momentos y transformarlos en algo que nos haga pensar.

—Rodolfo: Precisamente. Lo que creo que hace a cada escultura tan poderosa es su capacidad para recordarnos que a través del dolor podemos encontrar esperanza.

Emma ve una escultura que evoca un mar agitado. Siente que su aflicción se refleja en la obra.

—Es como si capturaras el dolor... el mío, el de todos nosotros —dijo Emma.

—La belleza puede surgir del dolor, Emma; a veces es nuestra experiencia la que nos da forma —respondió Rodolfo.

Emma, que había sido maestra, revisaba cada instante de la experiencia vivida durante esa tarde. Sólidas imágenes se ordenaban en su mente, dilatando su entendimiento, al igual que un ilimitado arco iris de verano.

—Elegí cruzar, pero no te exagero, hijito, sentí... sentí como un puente de cartón bajo mis pies —le comentó a Beto durante la cena.

—Me siento muy feliz por ti, mami; tu mirada recobró la calma y tus mejillas... qué puedo decirte... ¡pareces una niña! —le expresó emocionado.

Comenzaba una nueva semana. En un rincón de su ropero de cedro, halló su álbum de recortes. Buscó con afán entre las páginas y, por fin, encontró lo que buscaba: la receta de aquellas dedulé, como las llamaba su hijo mayor. Salió en busca de algunas esencias. De regreso del almacén, se mostró dispuesta al diálogo con personas del vecindario.

—¡Jorge, Marta! ¿Cómo están? Fui al mercado y pensaba en todas las cosas que compramos —saludó Emma al encontrarse en la calle con una pareja de viejos vecinos.

—¡Hola, Emma! Bien, gracias. Y, si nos hacen felices... también nos preguntamos con Marta muchas veces —respondió Jorge.

—¡Eso es cierto! Y las mantenemos guardadas... para nuestros hijos, decimos —acotó Marta.

—Simplemente, olvidamos disfrutar —dijo Emma.

—¡Qué bonito es salir a caminar! O charlar con amigos... ¡La vida está llena de momentos que no cuestan nada! —añadió Jorge.

—Exactamente. Las risas, las charlas, eso es lo que cuenta al final del día —asintió Marta.

—¡Podríamos reunirnos! Compartamos una tarde de domingo y disfrutemos… como solíamos hacer —propuso Emma.

—Te lo prometemos, Emma, ¡antes de que finalice este año! —respondió Jorge.

Olvidó sus malestares, mientras sobre la blanca mesada de su cocina unía ingredientes variados, simples y con sus propias manos. El calor de atenuadas llamas daría, en muy poco tiempo, una definición al producto de su trabajo. Emma dispuso dentro de una caja una generosa cantidad de crocantes y aromáticas masitas. Luego, la envolvió con cuidado, como era su costumbre. Sobre el matizado y sedoso papel, colocó una pequeña etiqueta. En ese espacio rectangular, se leía con claridad su destinatario: Rody.

Fin de la Parte II

                 

 


2 comentarios:

  1. Hola Susana, pasé a leer el texto que compartiste. Que positivo que estés expresando tu mundo a través de la escritura, espero que te traiga alegría y expansión. Y suerte para Emma en su próximo capítulo.
    Saludos,
    María

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  2. ME EN CANTARON TANTAS PALABRAS QUE LLENAN EL ALMA , GRACIAS .

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