La brisa estival trae el dulce perfume de la fruta
madura. La tierra vive y le habla, susurrando secretos que solo ella puede
entender. Los encarnizados ciruelos y el emparrado, cargado en exceso, le
provocan, a un tiempo, asombro y congoja. Mientras, ecos de verdades eternas despiertan en su interior cosas que todavía no logra comprender del todo. El
paisaje se convierte en un escenario vibrante donde el pasado y el presente
comienzan a entrelazarse, y cada hoja que cae le inspira un relato, como un
hilo delicado que se une a su propia existencia. Y en ese juego entre lo vivido
y lo que aún tiene por explorar, la naturaleza la abraza, recordándole que
siempre estará conectada a algo más grande. Un rayo de sol la acaricia y, en su
mente, se desliza una idea. Con el corazón latiendo emocionado, planea una
incursión al huertecillo de su abuela. Mitad india, mitad santa, está muy cerca de alcanzar su
propósito: el de todos los niños.
Muy silenciosa, se aproxima a una de las ramas del
ciruelo y extiende su pequeña mano. Sentía la tersura de la piel de ese fruto
cercano y pleno. Sin embargo, antes de conseguir desprenderlo, su nombre,
pronunciado en voz alta, la tomó por sorpresa.
—¡Emma, ven aquí ahora mismo! ¡Siéntate y termina con
tu tarea! —dijo su madre desde el zaguán.
Emma se acercó, dudando. Atrás quedó la predestinada
esfera, temblando con su promesa. Frente a la mirada de su madre, era sencillo
ver zozobrar a la pequeña Emma.
—La vida es una serie de elecciones, Emma; no se trata
solo de lo que dejas atrás, sino de lo que decides construir —intentó
explicarle su madre aquel día.
Tomó un pequeño respiro. Llegó al taller, acompañada
por las sonoras piruetas de una oscura mariposa que revoloteaba en el aire
tibio alrededor de una lamparilla.
—¿Y si no se...? ¿Cómo construir algo nuevo? —se
planteó. Rodolfo, soy Emma —y con fuerza agregó— ¡Tu vecina!
Hubo una breve mezcla sonora, luego de la cual Rodolfo,
ataviado con un guardapolvo que casi llegaba a sus rodillas, se perfiló tras
una puerta entreabierta. El escultor, sorprendido, la invitó a entrar. La
primera vista del lugar la cautivó: herramientas esparcidas, obras en proceso,
una mezcla de caos y creatividad.
—Hola, no esperaba una visita... ¿Te gusta lo que ves?
—preguntó él.
—Es… es impresionante. Nunca pensé que el trabajo de
alguien pudiera ser tan... visceral.
El escultor sonrió.
—Cada pieza cuenta una historia. ¿Te gustaría ver cómo
se forma una de ellas?
Mientras el escultor trabaja, conversan sobre el arte.
—Rodolfo: A veces pienso que el arte es espejo de un
ideal. ¿Crees que podemos realmente construir un mundo mejor?
—Emma: Quiero creerlo, pero a menudo me pregunto si esa
utopía es solo un sueño. ¿No crees que todos tenemos una idea diferente de lo
que sería “mejor”?
—Rodolfo: Exacto. Tal vez el verdadero desafío no es solo
imaginar esa perfección, sino aceptar que la imperfección también tiene su
belleza.
—Emma: Quizás el arte pueda ayudarnos a ver eso... los
matices, el dolor y la alegría entrelazados. A veces me pregunto si el mundo
será mejor solo si aprendemos a ver el sufrimiento de otra manera.
—Rodolfo: Así es. Tal vez la búsqueda de una utopía
comienza al reconocer y dar voz a esas experiencias, por dolorosas que sean.
—Emma: Es un concepto profundamente humano. Creo que
las esculturas pueden hacer justo eso, capturar esos momentos y transformarlos
en algo que nos haga pensar.
—Rodolfo: Precisamente. Lo que creo que hace a cada
escultura tan poderosa es su capacidad para recordarnos que a través del dolor
podemos encontrar esperanza.
Emma ve una escultura que evoca un mar agitado. Siente
que su aflicción se refleja en la obra.
—Es como si capturaras el dolor... el mío, el de todos
nosotros —dijo Emma.
—La belleza puede surgir del dolor, Emma; a veces es
nuestra experiencia la que nos da forma —respondió Rodolfo.
Emma, que había sido maestra, revisaba cada instante de
la experiencia vivida durante esa tarde. Sólidas imágenes se ordenaban en su
mente, dilatando su entendimiento, al igual que un ilimitado arco iris de
verano.
—Elegí cruzar, pero no te exagero, hijito, sentí...
sentí como un puente de cartón bajo mis pies —le comentó a Beto durante la
cena.
—Me siento muy feliz por ti, mami; tu mirada recobró
la calma y tus mejillas... qué puedo decirte... ¡pareces una niña! —le expresó
emocionado.
Comenzaba una nueva semana. En un rincón de su ropero
de cedro, halló su álbum de recortes. Buscó con afán entre las páginas y, por
fin, encontró lo que buscaba: la receta de aquellas dedulé, como las llamaba su hijo mayor. Salió en busca de algunas
esencias. De regreso del almacén, se mostró dispuesta al diálogo con personas
del vecindario.
—¡Jorge, Marta! ¿Cómo están? Fui al mercado y pensaba en
todas las cosas que compramos —saludó Emma al encontrarse en la calle con una
pareja de viejos vecinos.
—¡Hola, Emma! Bien, gracias. Y, si nos hacen felices...
también nos preguntamos con Marta muchas veces —respondió Jorge.
—¡Eso es cierto! Y las mantenemos guardadas... para
nuestros hijos, decimos —acotó Marta.
—Simplemente, olvidamos disfrutar —dijo Emma.
—¡Qué bonito es salir a caminar! O charlar con
amigos... ¡La vida está llena de momentos que no cuestan nada! —añadió Jorge.
—Exactamente. Las risas, las charlas, eso es lo que
cuenta al final del día —asintió Marta.
—¡Podríamos reunirnos! Compartamos una tarde de
domingo y disfrutemos… como solíamos hacer —propuso Emma.
—Te lo prometemos, Emma, ¡antes de que finalice este
año! —respondió Jorge.
Olvidó sus malestares, mientras sobre la blanca mesada
de su cocina unía ingredientes variados, simples y con sus propias
manos. El calor de atenuadas llamas daría, en muy poco tiempo, una definición
al producto de su trabajo. Emma dispuso dentro de una caja una generosa cantidad
de crocantes y aromáticas masitas. Luego, la envolvió con cuidado, como era su
costumbre. Sobre el matizado y sedoso papel, colocó una pequeña etiqueta. En
ese espacio rectangular, se leía con claridad su destinatario: Rody.
Fin de la Parte II

Hola Susana, pasé a leer el texto que compartiste. Que positivo que estés expresando tu mundo a través de la escritura, espero que te traiga alegría y expansión. Y suerte para Emma en su próximo capítulo.
ResponderEliminarSaludos,
María
ME EN CANTARON TANTAS PALABRAS QUE LLENAN EL ALMA , GRACIAS .
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